Cuando leas estas palabras que escribo
horas antes de la ceremonia “del Grito” esta ya habrá pasado. Los morbosos, Dios no lo quiera,
quizá habrán quedado satisfechos. Los “analistas” comentarán sobre los mensajes
ocultos de los invitados a la fiesta en palacio, del significado del texto
–siempre cambiante- del último grito del presidente en turno o del entusiasmo,
o la indiferencia del pueblo.
En fin, habrá mucho que comentar de las
trivialidades y poco del propósito de celebrar la independencia fallida.
¿Buscará acaso la parafernalia del Grito el olvido? Porque como seguramente ya
habrán notado, solo las formas han cambiado. Antes, virreyes y encomenderos
cargando a tope sus bergantines con el oro y el moro. Hoy inversionistas vía transferencias
electrónicas disponiendo de las utilidades que gentilmente –léase flojitos y
cooperando- les hemos concedido en el ejercicio "soberano" de nuestra independencia.
Rescato, no obstante, algunos momentos
significativos. La gallardía de la escolta del colegio militar en turno acompañando a nuestro Lábaro Patrio, el tañer de la Campana de la Libertad y el entonar de nuestro
Himno Nacional saludando con profundo respeto en posición de firmes, con la
mano derecha extendida sobre el pecho y la palma hacia abajo en el corazón.
Momentos que apelan a la unidad
nacional alrededor de esos símbolos. La escolta, como ejemplo de la lealtad y
el compromiso con la defensa del pueblo y sus instituciones. El tañer de la
campana, como la llamada de alerta al pueblo para prevenir de los peligros y
los retos de la nación. El Himno Nacional como instrumento privilegiado para
unir las voluntades de todos los ciudadanos.
Momentos ajenos al tradicional culto a la personalidad del gobernante en turno y muy cercanos a la experiencia que un buen amigo me comentó.
Decía él que en un día y un mes de un año
cualquiera; con el cuerpo parado ante un ventanal en lo alto de un rascacielos; con la mirada perdida en el horizonte de don Goyo y su eterna
compañera; con el ir y venir de millones de seres absortos en sus afanes cotidianos un
par de cientos de metros abajo; por un instante en su mente cruzó un
pensamiento de unidad con las almas buenas de la mayoría de esos
seres. Lo que siguió fue la explosión de una profunda emoción que le surgió de las entrañas.
Meshico es la palabra que resume todo, concluyó..
Reciban un afectuoso abrazo,
Enrique
Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
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