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sábado, 4 de diciembre de 2010

Intolerancia a la felicidad

La vida es complicada comentó uno de mis compañeros en la mesa de la Guabina. A lo que otro contestó, no, no es complicada, la hacemos complicada. Nos hemos acostumbrado tanto al sufrimiento, al temor, a las cosas “malas”, a las tormentas de infelicidad que somos incapaces de sentir el amor, las cosas “buenas”, las pequeñas grandes gotas de felicidad del rocío que ella nos obsequia.

Y si acaso por un instante las sentimos, basta también tan solo un instante para que surjan las dudas, el recelo, la culpa por juzgar aquello que se nos ofrece como un placer inmerecido y terminamos olvidando los anhelos para encaminar nuevamente los pasos por la brecha ardua de la infelicidad.

No, eso no puede ser cierto es un engaño, regalo tan maravilloso no puede ser real ¡los milagros no existen! La realidad no es así y al conjuro de la razón, el milagro desaparece oculto tras el muro de lo que sí “puede y debe” ser.

Pero si la fuerza de nuestro gozo anticipado se impone e impide el asalto de la razón, ésta, porfiando, empuñará entonces las armas del recelo… ¿Qué pasará si lo acepto? ¡Seguramente habrá algo oscuro detrás! Algún costo oculto habré de pagar pues en esta vida las cosas no son así de fácil, nada es gratuito…Algo quiere de mi…

Y si a pesar de la dura batalla el anhelo no se rinde y clama ¡acéptalo! el milagro es real, es para ti y no habrás de pagar por él; la razón contraatacará preguntando -¿Lo mereces realmente? ¿Te has hecho digno de tal reconocimiento? Y pronta, sin esperar respuesta, te susurrará convincente al oído… -No lo mereces, olvida tu sueño, se humilde y reconoce tu indignidad… Y la razón te cubrirá con su oscura capa para protegerte de las pequeñas grandes gotas de felicidad del rocío de la vida…

Es así para muchos que sin sentirlo, a lo largo de los años han olvidado la inmensa capacidad con que fueron dotados para sentir, disfrutar y ser felices con todo aquello que cotidiana y gratuitamente les ofrece la vida de mil formas distintas empezando con un bello amanecer o la sonrisa inocente de un niño.

Cuando atinan a intuirlas, incrédulos, pasan de largo negando su existencia y si finalmente aceptan que están ahí, se niegan a tomarlas por temor o un falso concepto de humildad que les impide apreciar sus virtudes y fortalezas.

En contraste les es muy fácil percibir o imaginar sufrimiento, engaño, amenaza, fealdad, ignorancia, torpeza, crítica porque recibieron clases y aprendieron muy bien a “vivir” sueños de infelicidad, construidos por otros, dentro de murallas levantadas para protegerles con un pequeño inconveniente: normalmente pierden la llave de la cerradura.

Pero no solo eso, pretenden que otros se encierren en murallas iguales pues desarrollan una fuerte adicción al sufrimiento e intolerancia a la felicidad. Son incapaces de aceptar la felicidad de los demás y menos aún capaces de tolerar los defectos de otros como ellos pues ven el reflejo de su triste existencia que no es lo mismo que la vida.

Vivir implica construir tu propio sueño, sentirlo desde lo profundo del alma y actuarlo.

No es imposible, puedes lograrlo.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto

enrique.chm@gmail.com

Twitter @enriquechm

domingo, 10 de enero de 2010

Calladitos nos vemos más bonitos

-¿Por qué criticas si jamás comprenderás lo que siente una madre? Les llevé en mi seno por nueve largos meses… ¡Caramba, soy su Mamá! Y el Papá se queda calladito, refunfuñando por dentro, pero calladito pues no tiene, ni tendrá jamás argumentos para rebatir el punto. La maternidad las hace diferentes y no hay más discusión posible.

Al hombre le es difícil, por no decir imposible, entender la naturaleza de los sentimientos que motivan la conducta de la mujer. Eventualmente le disgusta, tanto la forma de pensar del género femenino, como el enfoque de sus relaciones, particularmente con los hijos, sin embargo es más que obvio que las diferencias están plenamente justificadas y siendo así el hombre conciente las respeta. Le queda claro que intentar comprenderlas es una lucha perdida. Las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte. Punto.

Sin embargo no siempre las diferencias son obvias… con mucha frecuencia se presentan casos donde no hay congruencia entre la percepción de la realidad de quien observa y los mensajes que recibe. Para él, lo que observa, es un pato pues tiene plumas, camina como pato, hace “Cuá, Cuá” y punto. Pero cuando el presunto pato contesta: que si bien es cierto que él tiene plumas, que camina como pato y que hace “Cúa, Cúa”; también es cierto que no siente como pato por lo tanto NO es pato y punto. Bastará nada en esas circunstancias para desatar una discusión donde el agravio, el primer paso a la intolerancia, encuentra el caldo de cultivo ideal. De no mediar la prudencia al final del día las posiciones se tornarán irreconciliables.

Un buen ejemplo de eso es la diatriba –no debate- que ha causado la legalización del matrimonio y la posibilidad de adopción por parte de parejas de homosexuales recientemente aprobada en el Distrito Federal. El concepto de familia, la legitimación de la reproducción por el Amor, la aspiración de trascendencia a través del linaje, la información o desinformación sobre la sexualidad, los mitos y/o realidades de la conducta y el ser homosexual, y los dogmas políticos y religiosos, entre otros muchos factores; todos temas subjetivos, provocan un corto circuito de intolerancia y agravio en grupos heterosexuales cuando se trata de dar una respuesta a la reivindicación que exige la población homosexual quien, si bien en principio igual biológicamente, se siente y se percibe de manera diferente. Población homosexual donde por cierto, también existen grupos que con igual intolerancia agravian a quienes piensan de manera diferente. La opción, es un hecho, nunca será la intolerancia. Baste recordar las infamias que se han cometido como resultado de la intolerancia religiosa, política, racial, económica, de clases sociales, entre otras.

El Ser tolerante en cambio, con valentía, convicción y auto control, sin renunciar a las ideas o al debate, supera la tentación del enfrentamiento estéril cuando comprende que el respeto mutuo debe prevalecer al ser imposible comprender el sentimiento de una realidad ajena; cuando comprende que el fundamento de la intolerancia es el miedo a perder los apegos y que solo tolerando la intolerancia será factible, algún día superarla. Y esto vale para todos.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com