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domingo, 7 de septiembre de 2008

Paso a pasito...

Hoy no escribiré ni de la reforma, ni de la pena de muerte, ni de la impunidad, ni de cosa alguna que se le parezca. Ahí está uno escribe y escribe sobre los pesares del mundo sin que se resuelva nada cuando seguramente hay mejores temas donde invertir el cacumen y la tinta. Así que ¿Cuál es el tema? Hum… ¡Ya sé!

Hace ya casi 14 años conocí a un personaje que forma parte del paisaje sabatino del malecón de Coatzacoalcos. Eso fue cuando un grupo de amigos dimos por reunirnos religiosamente cada semana a disfrutar la vista del mar, del chisme, de la risa franca y ¡por supuesto! de una que otra botana sin olvidar el correspondiente alipús ¿O es al revés? Siempre a la misma hora, siempre en la misma mesa, siempre quejándonos del servicio, pero siempre regresando, nosotros, a los que han dado en llamar los “Guavinos” tal vez por que así se llama el establecimiento o quizá con alguna otra mala intención…

Recuerdo cuando el personaje de esta historia apareció por primera vez en escena. Con la mirada al piso encorvado por el peso de los años, vestido con ropa modesta y su inseparable portafolio, apoyado en el bastón, avanzando paso a pasito con una lentitud desesperante que primero pensé fingida, como el preludio de la mano extendida de quien pide limosna…

Pero él siguió de largo como lo ha hecho durante todos estos años, si acaso saludando, sin pedir nunca nada, sin decir nunca nada… salvo en aquella ocasión cuando los inclementes rayos del sol le merecieron un breve descanso al pie de nuestra mesa. Ese día me dirigió unas breves palabras pero no para pedir, si no para ofrecer su apoyo en aquel movimiento ciudadano en defensa de nuestra playa ¿lo recuerdan?

Y volvió al silencio de su lentísimo deambular hasta hace unas pocas semanas cuando para sorpresa de los Guavinos ahí presentes emprendió por primera vez la larga cuesta de unos cuantos escalones para acercarse a nuestra mesa. Necesitaba ayuda –nos explicó- pero no para él, si no para Bety, una anciana enferma necesitada de una silla de ruedas para acudir a tratamiento médico…

Hoy Bety tiene ya su silla de ruedas y a nuestro amigo lo vi ayer, empapado hasta los huesos, imperturbable bajo un torrencial aguacero, paso a pasito, apoyado en su bastón, pensando ahora lo sé, seguramente en ayudar…

Mi más sincero y especial reconocimiento al Sr. Presidente de la Asociación Trabajo, Fuerza y Espíritu Para Personas con Discapacidad, Don Jorge Salazar Hernández.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com

sábado, 3 de noviembre de 2007

La mejor función del Payaso...

Se dice fácil… 700,000 mil damnificados… ¡Un millón! ¡Impensable!

Lamentablemente la realidad se rebela cruda, implacable, inmisericorde para los tabasqueños a escasos doscientos kilómetros de mi ciudad.

Hace unos días, la tragedia parecía lejana sin embargo está aquí a la vuelta de la esquina. Ya no es la imagen televisiva que por más dramática que sea podrá igualar al olor vivo de la tragedia y a los rostros pintados de angustia de los niños, de las familias separadas, de los ancianos, de aquellos que llegaron unos enfermos, otros descalzos, que hoy duermen al cobijo de la solidaridad enfrentando la incertidumbre de quienes lo han perdido todo.

El viernes por la mañana, al tiempo que recibía donativos por el celular, los carritos del súper se llenaban con víveres, medicamentos, chanclitas, ropa, artículos de aseo… que solo fueron una modesta muestra de lo que vino después. Gente de muy diversa condición económica, de todas las edades, acudieron a los albergues con un paquetito de fideos, una frazada ó todo un camión repleto de víveres para apoyar a los que solo conocen por su desgracia.

Pedrito el orgulloso niño encargado de organizar las latas de atún; Doña Juana cuya edad se contradice con la energía que despliega al clasificar la ropa; trabajan como tantos otros voluntarios -médicos, enfermeras, jóvenes, amas de casa- incansables para mantener los servicios de los muchos albergues dispersos por la ciudad, casa obligada de miles de visitantes por fuerza de la adversidad.

Finalmente queda la imagen del Payaso buscando limpiar con el paño de su buen humor la cara de tristeza de los pequeños en la que tal vez ha sido su mejor función...

Y Tú, estimado lector, ¿Ya cooperaste?


Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com