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domingo, 12 de octubre de 2008

Tarde de toros...

No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo pero han de saber que eventualmente viajo a la ciudad de México por cuestiones de trabajo y que la historia de hoy corresponde al último de esos mis viajes de “voy” rumbo a la capital en el primer vuelo y “vengo” a casa en el último del día. “Voy, vengo pues…” Empezamos…

06:00 AM Despertar y vestir el uniforme chilango por excelencia ¡el traje! 7:00 AM Salir a esperar en la banqueta a donde me dan las 7:05, las 7:10, las 7:15 y el “aventón” ¡nunca llega! Activar el plan b, sacar de volada el coche, correr al cajero, “volar” al aeropuerto; solo me quito el cinturón –el guardia estaba de buen modo- para superar el control de seguridad del aeropuerto, abordar, escuchar por enésima ocasión las instrucciones de seguridad al tiempo que una aeromoza -que vio pasar ya sus años mozos- hace la calistenia habitual para señalar las salidas de emergencia, las mascarillas de oxígeno, a la que escucho “con toda atención” para no parecer mal educado. Superar la tensión del despegue para relajarme después en medio de turbulencias entre “ligeras y moderadas” que hacen brincar, igualmente entre ligera y moderadamente a la nota del periódico que me esfuerzo por leer…

El aterrizaje de regular a bueno, –el avión no rebotó más de una vez- corro a la fila del taxi para salir rumbo a la cita, llego con tiempo para un "tente en pie" en el Sanborn’s de la esquina, el café ¡a todo dar! y el pan de muerto ¡buenísimo! servido por una mesera de la segunda ¿tercera? edad de lo más amable y... hum... listo, ¡barriga llena y corazón contento! Ahora si... ¡a la faena! ¡Venga la reunión con los auditores que nos harán lo que el viento a Juárez!

12:30 en punto, ya en el ruedo con el público impaciente se abre la puerta de toriles por donde salen al ruedo no uno, ni dos, ni tres ¡cinco toros-auditores de lidia! listos a coger entre sus astas a los temblorosos integrantes-funcionarios públicos de la cuadrilla... Pronto la afición muestra su entusiasmo con el primer ¡Ole! de la tarde por el magistral pase del matador ante la primera embestida. ¡Uff! exclaman cuando por poco se llevan entre las patas al de las banderillas... finalmente todo termina en un empate... nada para nadie, ni sangre, ni dolor en la arena... ¡será para la próxima! Y así regresan con enfado los toros-auditores a los corrales... y la cuadrilla a comer y brindar por el "éxito" obtenido, a realizar el recuento de los daños y ordenar el remiendo del terno de luces para la próxima y definitoria faena donde seguramente la sangre llegará a la arena... y los pañuelos pintaran de blanco el graderío exigiendo el indulto del toro ó las orejas y el rabo para el matador…

15:30 PM ¡Al aeropuerto por favor que ya nos vamos! Qué si... ¿tuvo feliz estancia? ¿El tráfico está del demonio? ¿Llegaremos a tiempo? la charla mata los minutos del tedioso recorrido hasta llegar justo a tiempo para abordar el avión… pero, ¡nunca falta un pero! La voz cada vez más fea -que me recuerda la de las estaciones de autobuses- nos trae el anuncio mas odiado -Su atención por favor pasajeros del vuelo 9323 con destino al aeropuerto de Minatitlán se les informa que por las condiciones meteorológicas su vuelo está retrasado…- anuncio tras el cual un diligente empleado de la aerolínea nos invita a esperar en el salón “ejecutivo” donde dice encontraremos refrescos, bebidas, pastelillos y demás chunches cortesía de la casa para hacer menos cansada la espera…

¡Y ahí vamos! Como cuando se espera que la tienda agote la oferta –en este caso las bebidas-, nos dirigimos en tropel al ponderado salón solo para que justo al momento de dar el primer trago, antes siquiera de tocar la botana, el mismo empleado con la misma sonrisa amable –pintada seguramente- nos apresura a regresar a la sala de última espera para bordar el avión ¿Por qué le dirán así? ¡Dan ñanaras!

Y el enojo surge de pronto, a repelar todos por el desperdicio, se exige tiempo para dar cuenta de la bebida recién servida, solo que no hay pero que valga para el mensajero y de nuevo ahí vamos solo que ahora a pasito “tun tun” refunfuñando por la oportunidad perdida de cortar una flor del jardín de la aerolínea…De nuevo a sacar el boleto y la identificación, presentarlo a otro empleado –este con cara de ya estoy por acabar mi turno- recorrer los largos pasillos, embarcarse en el autobús, contar historias trágicas de aviones para fastidiar a los que transpiran el miedito que les da subirse a estos prodigios de la aviación –sobre todo cuando se espera que se mueva como batidora- saludar a la aeromoza, acomodarse en el asiento y ¡Oh, sorpresa! no pasa nada… los motores apagados… ¡Malandrines, ya entiendo! Nos vieron con muchas ganas de acabar con su despensa y prefirieron encerrarnos en la cabina del avión… Finalmente después de 15 o 20 minutos de larga espera con la advertencia de que si el tiempo no mejora regresaremos a la capital, escucho y siento la vibración de los motores que invitan a prepararse, de súbito el “arrancón” del despegue que en estos aviones si se siente y la vista que nunca deja de maravillar, de la gran ciudad a tus pies… Solo que hoy el paisaje es diferente, con la vista al infinito embelesado me captura la maravillosa sinfonía de colores de una puesta de sol que se difunde entre las nubes blancas que de tan blancas deslumbran y las negras, que de tan negras espantan enmarcando por momentos a un Don Goyo inquieto, humeante, tal vez enojado por nuestros desatinos, tal vez divertido, o simplemente indiferente pues conoce lo que ha sido y sabe que estará en lo que será. Y a su eterna compañera Iztaccihuatl la que no ve pues está dormida pero que acompaña el momento mágico que deseo interminable.

¿La crisis? ¡Cuál crisis! ¿La inseguridad? ¡Cuál inseguridad! ¿La corrupción? ¡Cuál corrupción ¡Humildad! es lo que respiro y debieran respirar todos los ciegos que no ven porque no quieren, escondidos tras la muralla que construyeron ellos mismos y ya olvidaron como cruzar… Y así del embeleso a la penumbra y de ahí al sueño y después al despertar en sobresaltos cuando una voz que no era de ángel anunció… “Sres. pasajeros estamos por iniciar nuestro descenso, favor de abrochar su cinturón, colocar el respaldo de sus asientos en posición vertical y abrir las cortinillas…” para dar paso a que los monstruos antes desvanecidos cobraran vida de nueva cuenta al conjuro del último anuncio del día “Señores pasajeros favor de permanecer en sus asientos por su propia seguridad hasta que el avión se haya detenido por completo en plataforma”

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com

domingo, 7 de septiembre de 2008

Paso a pasito...

Hoy no escribiré ni de la reforma, ni de la pena de muerte, ni de la impunidad, ni de cosa alguna que se le parezca. Ahí está uno escribe y escribe sobre los pesares del mundo sin que se resuelva nada cuando seguramente hay mejores temas donde invertir el cacumen y la tinta. Así que ¿Cuál es el tema? Hum… ¡Ya sé!

Hace ya casi 14 años conocí a un personaje que forma parte del paisaje sabatino del malecón de Coatzacoalcos. Eso fue cuando un grupo de amigos dimos por reunirnos religiosamente cada semana a disfrutar la vista del mar, del chisme, de la risa franca y ¡por supuesto! de una que otra botana sin olvidar el correspondiente alipús ¿O es al revés? Siempre a la misma hora, siempre en la misma mesa, siempre quejándonos del servicio, pero siempre regresando, nosotros, a los que han dado en llamar los “Guavinos” tal vez por que así se llama el establecimiento o quizá con alguna otra mala intención…

Recuerdo cuando el personaje de esta historia apareció por primera vez en escena. Con la mirada al piso encorvado por el peso de los años, vestido con ropa modesta y su inseparable portafolio, apoyado en el bastón, avanzando paso a pasito con una lentitud desesperante que primero pensé fingida, como el preludio de la mano extendida de quien pide limosna…

Pero él siguió de largo como lo ha hecho durante todos estos años, si acaso saludando, sin pedir nunca nada, sin decir nunca nada… salvo en aquella ocasión cuando los inclementes rayos del sol le merecieron un breve descanso al pie de nuestra mesa. Ese día me dirigió unas breves palabras pero no para pedir, si no para ofrecer su apoyo en aquel movimiento ciudadano en defensa de nuestra playa ¿lo recuerdan?

Y volvió al silencio de su lentísimo deambular hasta hace unas pocas semanas cuando para sorpresa de los Guavinos ahí presentes emprendió por primera vez la larga cuesta de unos cuantos escalones para acercarse a nuestra mesa. Necesitaba ayuda –nos explicó- pero no para él, si no para Bety, una anciana enferma necesitada de una silla de ruedas para acudir a tratamiento médico…

Hoy Bety tiene ya su silla de ruedas y a nuestro amigo lo vi ayer, empapado hasta los huesos, imperturbable bajo un torrencial aguacero, paso a pasito, apoyado en su bastón, pensando ahora lo sé, seguramente en ayudar…

Mi más sincero y especial reconocimiento al Sr. Presidente de la Asociación Trabajo, Fuerza y Espíritu Para Personas con Discapacidad, Don Jorge Salazar Hernández.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com

lunes, 7 de enero de 2008

Lo que importa es el promedio...

El líder que con humildad reconoce sus limitaciones y con voluntad enfrenta los retos, entiende que siempre habrá y hay una mejor manera de hacer las cosas pero también que el tiempo para actuar no puede esperar siempre a la perfección.

Caso contrario de las voces de la soberbia y el resentimiento que en la coyuntura de la decisión siempre tienen “la” mejor y “única” manera de hacer las cosas pero eso sí, sin asumir responsabilidad sobre los resultados.

Quien es exitoso, enfrenta con toda responsabilidad las consecuencias de las decisiones que toma y en cada ocasión, pierda o gane, a la postre siempre crece al desarrollar las competencias requeridas para tomar con mayor frecuencia decisiones de calidad y para ejecutarlas una vez que las ha tomado.

Es decir la capacidad para tomar buenas decisiones es algo que con disciplina todos podemos tener, los siguientes son algunos “ejercicios” que Usted puede practicar para desarrollar el músculo necesario.

Distinga lo importante de lo urgente. Para mejorar su desempeño dedique espacios separados a lo importante y a lo operativo. El tiempo que dediquemos exclusivamente a lo importante le permitirá decidir cada vez con mayor frecuencia y calidad sobre temas trascendentes. El tiempo dedicado a lo operativo le permitirá ejecutar sus planes con mayor efectividad.

Distinga deseos de necesidades. Si tiene cualquier tipo de limitaciones de presupuesto, al tomar su decisión y desarrollar sus planes distinga muy bien entre lo que realmente necesita y lo que usted desea. Satisfacer los deseos normalmente sale caro y puede significar la diferencia entre el éxito o el fracaso de su proyecto.

No lo piense mucho. Siempre habrá una mejor manera de hacer las cosas. Una decisión imperfecta implica riesgos, pero más vale tomar riesgos a sabiendas que pueden ser controlados y darse la oportunidad, que no hacer nada buscando la perfección. Si bien hay que tomar buenas decisiones… tomar la mejor decisión fuera de tiempo es… ¡Una pérdida de tiempo!

Apéguese a los planes. Los resultados en gran medida dependen de la efectividad en la ejecución de los planes. Nunca deje de escuchar a quien le proponga una nueva forma de hacer las cosas, solo que para cambiar los planes tendrá que estar absolutamente convencido de que es factible y que el cambio no agregará mayores riesgos o costos a su proyecto y por el contrario le representará muchas ventajas. Si el cambio no agrega un valor significativo, continúe con sus planes actuales.

Lo que importa es el promedio. Tomar solo una buena decisión no lo llevará al éxito. Se requiere tomar muchas donde seguramente solo el 20% serán las que mayor valor le representen, del 80% restante usted no estará satisfecho pero la única manera de desarrollar las competencias requeridas para el éxito es ¡Ejercitándose!

Busque siempre crear valor para Usted y los demás. Los “buenos” resultados de las decisiones que solo buscan crear valor para usted no perdurarán. Considere que el valor creado por sus decisiones debe repartirse con equidad entre todos aquellos que participaron este es el principio de un desarrollo personal sustentable.

Con mis mejores deseos para este 2008

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com