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lunes, 25 de julio de 2011

Libertad y bien común

"Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz", Benito Juárez, ex presidente de México.

"La diferencia fundamental entre la izquierda y la derecha estriba en que la primera pugna por la igualdad y la segunda por la libertad. El problema es que la igualdad no siempre da pie a la libertad", Alan Greenspan, economista estadounidense.

En China, la libertad de procrear no existe y no es asunto de igualdad sino del bien común: el desarrollo sustentable de ese país.

No habrían suficientes recursos para soportar el crecimiento acelerado de la población china; que antes, si bien se daba en un ambiente de plena libertad personal, no respetaba el derecho de las generaciones futuras.

Para los que abonan y pugnan por el neoliberalismo, la libertad deja de ser en cuanto se le acota; no hay puntos medios para ella. Sin embargo, la aplicación del fundamentalismo neoliberal, en el marco de una libertad mal entendida, ha llevado a extremos inaceptables por la falta de respeto, por la explotación y la supresión de facto, de las oportunidades de desarrollo, de millones de seres humanos a lo largo de todo el planeta.

Hoy, tal es el extremo, que para aspirar a una vida digna, no bastan la voluntad y el compromiso individual, ni es materia que cualquiera pueda desahogar en un tiempo de vida.

Hoy se requiere del esfuerzo de generaciones para salir del subdesarrollo y la marginación.

El liderazgo, que gobierna con soberbia, antes que con humildad y voluntad por el bien común, no es más opción.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
twitter.com/enriquechm


Nota: Este artículo fue publicado en Reforma.com el 15 de mayo de 2006

domingo, 31 de enero de 2010

Discriminación: Temor a la Libertad

En medio de la desesperación y el sufrimiento, el esfuerzo por encontrar la salida debió ser mayúsculo. Tanto que al cabo de un breve tiempo sus movimientos se hicieron cada vez más lentos hasta caer sin aliento, acurrucado, muy quietecito, tendido en la oscuridad de aquel laberinto tortuoso donde tristemente sus días terminarían. ¿Cuanto tiempo transcurrió ahí, tirado? No lo sé, tal vez fueron horas, quizá solo un instante para que le encontraran yerto, agotado hasta el límite…

-¿Estará muerto? Pobrecito, ya no se mueve… ¿Cómo es que llegó hasta aquí?

Y como si les hubiese escuchado, deseando exclamar para aferrarse a la vida ¡No me abandonen, estoy vivo! Apenas alcanzó a moverse un poco para quedar de nuevo sumido en la bendita inconsciencia…

-¡Mira! ¡Se movió! ¡No está muerto!... ¿Qué hacemos?

Y ocurrió un pequeño milagro... el dulce néctar que con paciencia y amor, gota a gota alimentó su cuerpo, lentamente le regresó al camino de la vida. Primero levantó su aguzado pico para beber la ambrosía, después se irguió tembloroso en las manos de aquél gigante que le arropaba, al cabo, agitando sus pequeñas alas, el colibrí, emprendió el vuelo a lo suyo no sin antes detenerse en lo alto de un arbusto, mirando atrás ¿Agradecido?.

La anterior es una historia basada en hechos que ocurrieron justo hace un par de días cuando compañeros de trabajo encontraron a un diminuto colibrí, en apariencia muerto en el cubo de las escaleras de nuestra oficina. Afortunadamente no lo estaba. Las gotas de agua azucarada que con paciencia vertieron en su pico le permitieron al cabo de un rato emprender el vuelo.

Nada más alejado del altruismo interesado fue ese acto de misericordia. Ejemplo de los miles, millones que se requieren para aliviar el sufrimiento de los seres humanos y de su entorno. Tal es el caso del pueblo de Haití que ha sufrido primero la explotación y el olvido; y después las inenarrables consecuencias del terremoto. Pueblo sediento de lo indispensable que, ante tal desgracia, debería ser objeto de apoyo jamás de agravio por la burla y el sarcasmo.

Como tampoco lo deberían ser, como lo son cotidianamente, las minorías con costumbres, con ideologías, con religiones, con percepciones distintas, que están sedientas de comprensión, respeto y un espacio en una sociedad que debería fortalecer sus valores, antes que aceptar ser esclava del temor a la libertad, sustento de la diatriba, de quienes son incapaces de argumentar y construir puentes de entendimiento.

Por cierto, se han preguntado, ¿A qué se debe el rotundo éxito de la película Avatar más allá de los efectos especiales? ¿Será acaso por que muestra, alrededor del pozo donde se hacinan los temores, al maravilloso prado de la libertad?

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
Twitter @enriquechm

domingo, 2 de septiembre de 2007

El tunel del tiempo...

Mayo de 1975; Aeropuerto Internacional Narita, Japón. Mi pulso se aceleró cuando el sistema de sonido anunció la salida de mi vuelo con dirección a Shangai en una época en la que China abría sus puertas solo a un poco más de 600 extranjeros al año. En esa época la cruenta Gran Revolución Cultural iniciada en 1966 amainaba su tormenta y la muerte de Mao Tse Tung estaba a menos de un año de distancia. Puyi, el último emperador habia muerto apenas 10 años atrás.

Inquieto abordé el avión y el contraste fue inmediato; en lugar del confortable ambiente de las aerolíneas occidentales, la austeridad –dulcitos y té- los cortes y colores militares de las amables azafatas chinas, un piloto que parecía más de avión caza que de un vuelo comercial, la turbulencia extrema y los mareos hicieron del viaje un pequeño tormento que no terminaba; finalmente nos pidieron prepararnos para el aterrizaje… Pero ¿A dónde me pregunté? Cuando por la ventanilla no se veía una sola luz… y así aterrizamos; después, vino el traslado al edificio Terminal en un autobús destartalado; el intimidante trámite en una aduana maloliente y oscura; y el trayecto por calles estrechas aún más oscuras, hasta el arribo a un viejísimo hotel que parecía sacado de una película de Juan Orol.

Las sorpresas durante la estancia se sucedieron una tras otra, el asombro por los logros de una cultura milenaria creció a lo largo de todo el viaje; aprendí muchas cosas, entre otras que en China más vale ser secretario que presidente; como aquí los secretarios son los que arrastran el lapíz me tocó ese “honroso” cargo en tanto que el nombramiento de presidente recayó en el más importante del grupo… solo que para mi fortuna y la sorpresa de otros, a mi jefe presidente ningún chinito le hacía caso: era a mi a quien hacían todas las caravanas y nada se movía sin mi permiso…

Un buen día, en el trayecto de Shangai a Pekín, reunidos en una estrecha cabina de un tren de vía angosta tirado por una locomotora de vapor ¡De vapor en 1975! pregunté a nuestra guía, una simpática y culta China que conocía al revés y al derecho la historia de México, si el comunismo podría exportarse a México y ella me contestó:


Cada País como cada hombre tiene su destino, para nosotros la muerte del pueblo por el hambre, por el opio ó por la enfermedad eran la alternativa al comunismo, llegará el día en que no se necesite más; la historia, las circunstancias, los recursos y la geografía, de México y China son muy distintas” concluyó.

Días más tarde a manera de confirmación, una niña China de escasos 5 años señaló en un globo terráqueo la ubicación de su país en tanto que Valentina, la más pequeña de nuestro grupo hizo, lo propio señalando a México justo en el lado opuesto; escena fue por demás aleccionadora.

Y sí, cada país como cada hombre tiene su destino, hoy, 32 años después, Chína es el país con el mayor crecimiento económico del mundo.

¿Y México?



Enrique Chávez Maranto