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domingo, 15 de enero de 2012

La vida es movimiento...


Don Raúl esbozaba la sonrisa de aquel que tiene todo en la vida. Todas las tardes, después del quehacer, daba oídos a los ruidos del bosque en tanto que bellos atardeceres le conducían a la noche entre volutas de humo del cigarro forjado a mano, el calorcito aquel después del disfrute de un eventual tequilita y el suave crujir de la mecedora que acostumbraba colocar en la terraza frente a su hermosa casa de campo. Justo en el lindero de una curva de la carretera por donde grandes camiones transportaban las cosechas de la serranía a la costa.

Así fue hasta aquel fatídico día en que la consternación de apoderó del pueblo. Un pesado transporte sin frenos se salió de la curva, mató a Don Raúl y terminó su loca carrera incrustado en la casita aquella que a partir de entonces luce un festón negro en su portada.

¿Por qué realmente murió Don Raúl? Porque él nunca tuvo conciencia, o no le importó, controlar los factores del riesgo en que se colocaba cotidianamente. Obvio decir que después del trágico accidente, sus nietos colocaron una barrera de bloques de cemento al frente de su casa y, por supuesto, la habitual cruz que nunca falta en estos casos. Otra más de las que por miles pueblan la vera de los caminos en recuerdo de las víctimas de la inconsciencia.

Pero con justicia he de abonar que aún las actividades que se realizan dentro de una zona de confort donde todo está aparentemente bajo control, tienen un riesgo. Mínimo, pero riesgo al fin pues nada en esta vida está seguro al 100%. En el acto de caminar, por ejemplo, siempre existe la posibilidad de un traspié con consecuencias que pueden ir desde la simple pérdida del paso hasta la fractura de un hueso.

Sigmund Freud dijo alguna vez “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo.” Esto es así pues no sufre, y en consecuencia es ‘feliz’, el corto de entendimiento, el que ignora, o el que simplemente no puede o quiere percibir los peligros que enfrenta. Sin embargo desarrollar conciencia tiene un costo que puede llegar a ser mayúsculo. Produce miedo a las inevitables consecuencias que se presentarían de materializarse el riesgo asociado a las acciones requeridas para lograr nuestros propósitos ó más aun, nuestros más caros anhelos.

Miedo que exacerbado se convierte en el pánico que al paralizar, mata, pues vivir es movimiento. Así el reto es ¿Cómo lograr ser felices aun conscientes del riesgo en la procura de los anhelos? ¿Cómo convertir “crear, sentir, experimentar la vida” en el mantra de nuestra fe a pesar del temor? ¿Cómo ser un lobo en busca de lobos, antes que un lobo aborregado por los paradigmas de un sistema?

Bueno es tener miedo, pero ni tanto que paralice, ni menos del necesario para motivar la prudencia y la prevención. Controlar los factores que inciden en el riesgo, reduce la posibilidad de que este se materialice y en consecuencia reduce el temor. Si amenaza tormenta, portar un paraguas disminuye la posibilidad de mojarse pero, por favor, no se queden en casa, no se nieguen la oportunidad de vivir aun bajo la lluvia...

Consideren que en la procura de los anhelos el miedo es uno de los aliados, pero convertido en pánico será él peor enemigo…

Reciban un cariñoso abrazo,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
twitter.com/enriquechm
www.ramari.blogspot.com

sábado, 17 de febrero de 2007

El petate del muerto...

Hace algunos días el Presidente Calderón reunió en los Pinos a los nuevos funcionarios de la SFP; a los nuevos y los viejos funcionarios de PEMEX y de la CFE con el propósito de dar el mensaje de la lucha frontal contra la corrupción en el sector público…

El Presidente Calderón expresó en los Pinos que la corrupción mata la confianza que el ciudadano debe tener en sus instituciones y tiene toda la razón; sin embargo, también mata a las instituciones el control basado en la desconfianza.

Un mensaje similar, con mucho mayor énfasis, fue hecho por un contralor al principio de la administración del Presidente Fox, cuando reunió a los funcionarios de la empresa que él fiscalizaba, para señalar a todos como corruptos y pedirles con toda “amabilidad” que denunciaran a sus jefes, sus compañeros y subordinados so pena, en caso de no hacerlo de ir, todos, a la cárcel; de eso yo fui testigo.
Y si el objetivo era asustar con el “petate del muerto” me parece que lo lograron, pero con algunos solamente...
El corrupto; capaz, inteligente y sin escrúpulos, no se intimida con discursos porque está conciente que el sistema legal, minimiza los riesgos en tanto que esta diseñado para la impunidad de aquellos que, como él, saben que puertas tocar.
En cambio, si amedrenta a quienes, sin ser corruptos, pueden ser señalados como tales y que no conocen, ni tienen los medios, para salir de tales predicamentos. Lo único que les garantiza no caer en manos de la moderna inquisición, por que de santa no tiene nada, es simplemente no hacer algo que pueda suponer el más mínimo riesgo.
Y esto último es lo que mata a las instituciones.
Es un hecho que el Pueblo no confía en que puedan existir funcionarios capaces y honestos, que privilegien por encima de sus intereses personales, el interés de México; y siendo así, difícilmente se dejará conducir y mucho menos colaborará, con quien no demuestre a plenitud que es merecedor de la confianza que se requiere para ejercer el liderazgo que la Nación reclama. Por esto se requiere que el Presidente no sea corrupto y que combata a la corrupción; pero no solo en el discurso si no también en los hechos, los que solo podrían darse como consecuencia de políticas públicas que atiendan a cancelar el propósito de la corrupción como fenómeno social.
Cuando preguntaba yo alguna vez sobre cuál era el propósito de la corrupción; me contestaron, pues es obvio… enriquecerse, el poder… ¿Qué más?
La respuesta es correcta, ese es propósito puntual del comportamiento corrupto del funcionario propiciado por procesos de control ineficientes e incentivos perversos sin embargo es necesario comprender cuál es, en el sentido más amplio, el propósito de la corrupción como fenómeno social para poder combatirla.
Me he preguntado, ¿A qué necesidad de la sociedad en su conjunto satisface el fenómeno de la corrupción?
La corrupción constituye la alternativa viable para ganar prelación en la escala social para aquellos que, de otra manera, permanecerían al margen de los beneficios de un sistema in equitativo que ahonda cada vez más, las ya de por si profundas desigualdades. La corrupción y un sistema in equitativo, se constituyen en causa y efecto mutuos dentro del círculo perverso de la descomposición social.
La corrupción funcionaba como la válvula de escape que, controlada por el sistema político, aliviaba la presión del descontento social. Esto lo ha entendido muy bien la clase política, la corrupta, naturalmente; los muchos que han llegado por esta vía al poder, como ellos dicen, desde abajo.
La corrupción –como el melate- mantiene la esperanza de disfrutar niveles de vida que de otra manera habrían de alcanzarse, si acaso, en muchas generaciones de trabajo honesto.
En el país, la corrupción empezó a perder su función de válvula de escape cuando la jerarquía al interior del PRI-gobierno se volvió rígida e impenetrable lo cual, al suprimir las oportunidades de muchos de los militantes, dio oportunidad a la consolidación de nuevas opciones políticas. La función terminó por perderse con el triunfo de Vicente Fox en el año 2000 cuando una nueva elite aún más rígida e impenetrable, asumió el poder en todos los niveles de la Administración Pública Federal.
Como resultado el México de hoy esta dividido; en tanto que de un lado alimentan sus temores con la amenaza de la pérdida de la paz, del orden público y del lucro que, legítimo ó no, han obtenido; del otro alimentan el resentimiento que les convierte, justificadamente o no, en víctimas del sistema que les estaría negando oportunidades de desarrollo.
Y ahora la presión, sin válvula, aumenta y la corrupción también.
Robert Klitgaard, experto mundial, ideó la fórmula de la corrupción:

C=M+D-T

Que establece que la corrupción se presenta cuando se tiene el Monopolio de la decisión y esta se ejerce en modo Discrecional en un contexto de baja Transparencia. La formula implica que la corrupción ha de combatirse quitando el monopolio de la decisión; minimizando la discrecionalidad e incrementando la transparencia.

¿Cómo se ha hecho esto en México? Para quitar el monopolio de la decisión se crean comités para cualquier asunto; para minimizar la discrecionalidad de los funcionarios y de los propios comités creamos normas, lineamientos y procedimientos que cancelan el criterio e inhiben la creatividad; para incrementar la transparencia se invierten cantidades enormes de recursos para documentar y justificar las decisiones que se toman en los limitados grados de libertad que aun tienen los funcionarios. Todo aderezado, con el control de los órganos fiscalizadores que intervienen antes, durante y después de la toma de decisiones; más una legislación que deja en estado de indefensión a quienes justificadamente o no son presuntos responsables de cometer actos irregulares...
¿Ha sido correcto el enfoque? De un lado es cierto que se ha contribuido a una mayor imagen de transparencia y rendición de cuentas, pero también este enfoque propicia una administración pública cada vez más obesa, lenta en la toma de decisiones que gasta cantidades enormes de recursos en mantener un control basado en la desconfianza que muy escasos resultados ha dado; en la práctica la corrupción permanece porque los corruptos no se intimidan con el petate del muerto.
La estrategia en el combate a la corrupción debe atender a las causas que la han originado no a la coyuntura ni a los síntomas.
En México, la corrupción vista como un fenómeno social, no desde la perspectiva de un
funcionario, daría lugar a una fórmula con otras variables:
C=I-O+F+C+P-G-R

La Corrupción es resultado de la Inequidad en la generación de la riqueza; de la carencia de Oportunidades de desarrollo; del excesivo Financiamiento a los partidos políticos; de la Complejidad de nuestro marco regulatorio; de la Promoción indiscriminada de estilos de vida distintos a la realidad nacional; de la Garantía de impunidad y del nulo Reconocimiento a la competencia y el comportamiento ético del ciudadano.

Así las estrategias de la lucha contra la corrupción deberían promover la Equidad en la repartición de la riqueza; brindar oportunidades de desarrollo de forma igualmente equitativa; minimizar el financiamiento a los partidos políticos; reducir la complejidad de nuestro marco regulatorio; homologar los contenidos de los medios masivos de comunicación al contexto nacional; maximizar el riesgo para los infractores y finalmente, reconocer las competencias y el comportamiento ético del ciudadano y de los funcionarios públicos.
No se puede matar a las instituciones con un control intimidatorio aplicado indiscriminadamente basado en la desconfianza que considera que todos son corruptos; los que realmente hacen negocio con la corrupción son unos cuantos.
La Ley de Pareto nos diría que el 80% del daño que causa la corrupción se debería al 20% de los corruptos y yo pienso que menos. Ese 20% lo constituye lo que habría que llamar la delincuencia organizada de la corrupción, donde el concepto “organización” implica inteligencia aplicada al proceso que trasciende el enfoque del monopolio en la toma de decisiones, de la discrecionalidad y de la reducida transparencia que propone Robert Klitgaard.
Los que hacen los verdaderos negocios no se comprometen y en caso dado, saben que puertas tocar. Si existe voluntad política para combatirlos, el enfoque debe cambiar. El “mercado de los consumidores” de la corrupción puede segmentarse y determinar estrategias específicas para cada segmento; no se debe aplicar la misma receta al empleado en una ventanilla que a los que trafican con influencias. Habría que respetar la inteligencia de estos últimos y enfrentarlos igualmente con inteligencia evitando el daño que un enfoque equivocado le está causando al País y a sus instituciones.
Los que deberían ser aliados del gobierno en la lucha contra la corrupción hoy son los intimidados prefieren hacer nada antes que arriesgarse.
En suma, de un lado atender a las causas del problema y del otro no faltarles al respeto…

lunes, 31 de enero de 2000

Sobre el porqué no se puede en la APF

La desconfianza y la incertidumbre son dos de los jinetes del Apocalipsis que aún asolan a los funcionarios de nuestra administración pública. Sus efectos perversos se han sentido en todo el aparato gubernamental al punto de que la frase “no se puede” se ha convertido en la respuesta obligada a toda propuesta de cambio - hacia una administración pública eficiente, proactiva y orientada al servicio de la ciudadanía- que no esté ya contemplada en los procedimientos.

La corrupción de algunos ha derivado en un sistema de control basado en la desconfianza donde pagan justos por pecadores; donde los verdaderos corruptos siguen haciendo de las suyas y una inmensa mayoría de funcionarios capaces y honestos viven temerosos de caer en las garras de una moderna santa inquisición que busca, al costo de lo que sea, encontrar culpables que justifiquen su existencia.

La corrupción de unos cuantos generó la desconfianza generalizada de la sociedad en todos los funcionarios y el demérito que prevalece de la función pública. Demérito que provocó -mas no justificó- la creación de todo un gigantesco aparato gubernamental que se ha convertido en la causa principal de que nuestros funcionarios, antes que aplicar su experiencia a la productividad, prefieran observar estrictamente el cúmulo de procedimientos que se han generado, muchos de ellos fuera de toda lógica y sentido común, en el afán de satisfacer el justo reclamo de la transparencia en el manejo de los fondos públicos.

Por su parte, la constante incertidumbre sobre el futuro de muchas de las empresas paraestatales y dependencias del gobierno federal han derivado en un liderazgo coercitivo que; antes que sustentar el desarrollo institucional en un sistema de valores compartido que privilegie la comunicación, la colaboración y la coordinación del capital humano como los factores críticos que subyacen en todas las organizaciones exitosas; impone su voluntad al margen de cualquier otra consideración que no sea atender el criterio de la cúpula excluyente.

La transparencia y la rendición de cuentas son, sin duda alguna, reclamos imperativos y justificados de la sociedad. Lo que es irracional, sin embargo, es someter a todo el capital humano de nuestro gobierno a un clima laboral donde prevalece el resentimiento, el miedo, el nulo incentivo al esfuerzo personal y el desperdicio crónico del capital humano, como las constantes de la actividad cotidiana.

Así, bajo esa óptica, muchos prefieren el “no se puede” a morir en la hoguera de la santa inquisición. De revertirse esta situación, de aprovechar realmente la capacidad de quienes trabajan verdaderamente en el gobierno, de incentivar su colaboración y no reprimir su creatividad; de controlar su gestión por resultados y no por el estricto y puntual apego a los procedimientos, los ahorros serían sustanciales, la productividad se incrementaría y tal vez ¿porqué no soñar un poco? quizá hasta disminuyan los impuestos.