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domingo, 4 de octubre de 2009

¿Hasta cuándo?

Hace ya muchos años, un jovencito de escasos 9 años de edad, recorría feliz el laberinto de las maravillas que, de sorpresa en sorpresa, impulsaba su imaginación al infinito…

¿Dick Tracy? ¿Memín Pingüín? ¿Combate? ¿Superman? ¿Llegaría el nuevo capítulo de Oyuki o Rarotonga? ¿El de Combate? Se preguntaba en camino al puesto de revistas donde disfrutaba tan solo con ver las portadas y hojear de vez en vez, alguna de ellas. De ahí caminaba a contemplar fascinado los monstruos marinos que yacían muertos, según él, por la mano de Santiago, aquel pescador de la novela el Viejo y el Mar…

¿Será que ahora si encuentre la perla negra? Y del pensamiento a hurgar en las almejas y el hielo alrededor, medió solo un instante hasta que el grito del vendedor de mariscos ¡güero, güero, deja ahí! le hizo emprender la carrera a la próxima estación del recorrido donde se acurrucó contra los rollos de tela multicolor de todas las texturas que traen el viento y los aromas de tierras muy lejanas… hum… De pronto un nuevo pensamiento, -¿Habrán llegado los cojinetes para su carromato?- encaminó sus pasos rumbo al puesto del vendedor de fierro viejo y oxidado que expende su mercancía en el suelo. Sin embargo el cojinete pronto pasó al olvido, cuando la atención quedó atrapada por aquel “nuevo-viejo-oxidado” artilugio que ¡sepa Dios que hace! pero que él pronto se encargará de averiguar…

Y la imaginación continúa volando ahora en la vendimia de especias, después en la tienda de sombreros, o en la jarcería, o en la frutería, hasta que el crepúsculo le anuncia la hora del regreso a casa solo que… falta algo… el broche de oro con el que cotidianamente cierra la aventura… ¡un delicioso choco milk bien frío!… Pero ese día las cosas fueron diferentes, ya frente a la fuente de sodas, al contar las monedas se dio cuenta que su capital solo era suficiente para comprar su bebida preferida y el boleto para el camión de regreso a casa. Mañana no habría para más choco milk, ni nada.

Triste por su precaria situación emprendió cabizbajo el camino a casa donde, no bien llegó, rompe a llorar su desventura en el regazo de su Madre… ella, cariñosa, le pregunta sobre el motivo y al explicarle, con una sonrisa le pregunta: A ver, dime, ¿habrías tenido que comer mañana si hubieras gastado tu dinero en el choco milk? Abriendo los ojos de par en par, el jovencito suspendió el llanto, contestó que si, pues en su casa nunca había faltado que comer.

-¿Entonces, hijo, porqué no lo compraste? respondió su Madre.

La lección de ese día se sumó a las muchas otras que recibió nuestro jovencito de su Madre. Él platicaba que ella le decía que solo puede uno darse sus lujitos si las necesidades básicas estaban satisfechas; que había que invertir solo en aquello que te haga productivo; que tenía uno que sembrar sus alimentos para nunca quedarse sin comer; que había que invertir en educación; que si de apretarse el cinturón se trataba había que poner el ejemplo; que si pides prestado que sea solo para comprar cosas productivas con la absoluta seguridad de que vas a poder pagar; que basta con el Amor para celebrar las fechas importantes cuando no se tiene dinero; que si quieres comprar cosas superfluas primero tienes que ahorrar y que de dar limosnas ¡nada!, en todo caso trabajo.

Y la Mamá de nuestro amigo –yo hace 47 años- fue congruente. Viuda a los 27 años a sus cuatro hijos les crió sanos y bien alimentados. Para eso tenía en casa un gallinero y un terreno con naranjos y limoneros donde sembraba yuca, frijol, verduras, melones, lo que pudiera; como no podía darse el lujo de pagar, en su casa, a mediados de los años 60 tenía lavadora de ropa, planchadora, lava vajillas y muchas otras herramientas que le permitían ser más productiva haciendo las cosas ella misma; de ser una Maestra empírica, estudió por las noches hasta obtener su título y dio estudios universitarios a sus cuatro hijos; cuando las épocas difíciles, siempre puso el ejemplo al apretarse primero el cinturón; siempre tuvo crédito pues cuando hubo de pedir prestado, lo hizo para invertir en algún negocito y siempre cubrió sus compromisos.

Sus enseñanzas son sencillas de entender, de un gran sentido común y no pierden vigencia ni con el paso de los años, ni con los avances tecnológicos pues atienden a lo básico. De aplicarse hoy, para gobierno y ciudadanos, México estaría en otro camino.

Y si no lo creen, solo volteen a su alrededor y contesten… ¿Cuánto han comprado a crédito que no necesitan realmente, que hoy tiene a muchos endeudados hasta la coronilla? ¿Ponen el ejemplo cuando es necesario? ¿Hacen lo que podrían ustedes mismos? ¿Cuántas obras que no son indispensables se hacen con dinero prestado, comprometiendo el futuro, dinero que podría ser empleado en otros fines como educación, vivienda, alimentación y salud? ¿Cuánto se dispendia en beneficio de quienes nos gobiernan cuando hay millones que no tienen trabajo para llevar el pan a sus casas? ¿Cuánto dinero se gasta en limosna institucional cuando lo que la gente quiere es trabajo digno?

¿Cuánto? ¿Hasta cuándo?

PD Un día después de concluir este artículo, tuve la oportunidad de escuchar un mensaje de Denise Dresser, que podría sintetizar en aquello que se ha dicho ya muchas veces aplicado a otros contextos: Para que México cambie, primero hemos de cambiar nosotros, los ciudadanos, haciendo lo que ya sabemos que es correcto. Ese día Denise Dresser igualmente preguntó

¿Hasta cuándo?

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto

domingo, 15 de marzo de 2009

Tarjetas de crédito y la moderna tienda de raya...

Las tiendas de raya en la época de Don Porfirio Díaz eran el mecanismo perfecto para la acumulación desmedida de la riqueza en manos de los patrones a través de la explotación de los campesinos y los obreros de la época. A estos les pagaban una “raya” –salario- que apenas alcanzaba para cubrir las necesidades básicas, pero no había problema, los trabajadores tenían crédito en la tienda del patrón para que consumieran no solo los insumos básicos, si no también los productos para el “ego-consumo” de la época… el chal y los listones para la trenza de la indina, los botines para el juan… los guaraches para el niño…

La receta era sencilla, te pago poco por tu trabajo y gano mucho al vender los productos de la hacienda o de la fábrica. Te presto lo que quieras y como no me puedes pagar, gano mucho pues seguirás trabajando para mí hasta que mueras y cuando eso suceda, la deuda será de tus hijos. No podría uno calificar a ese sistema como esclavitud, pero los resultados para todos los efectos eran los mismos.

Hoy con distintos medios el sistema es el mismo. Una fuerte y perversa motivación al “ego-consumo” a través del bombardeo implacable de la publicidad enajenante que sabiamente dirigida a todos los “nichos de mercado” construye en los consumidores una imagen falsa del bienestar y la felicidad. Publicidad ante la cuál no existe defensa posible pues bien diseñada, con todo el rigor del estudio del comportamiento humano, se aplica con éxito para apretar los botones disparadores de la ansiedad por el consumo. Publicidad que no deja espacio sin cubrir y que termina convirtiéndonos en adictos sin saberlo.

Hace algún tiempo visité un país comunista y al pasear por las calles de su ciudad capital me sentí ciertamente raro, sentí desasosiego, sentí que algo me faltaba hasta que caí en cuenta… ¿Y los espectaculares? ¿Y el anuncio de la tienda? ¿Y los comerciales en la televisión? Simplemente no había nada de eso… en ese país no había publicidad… esa era la causa de mi ansiedad, ¡Horror! Mi desasosiego era ¡el síndrome de abstinencia por la falta de droga: la publicidad!

¿Recuerda usted las llamadas para ofrecerle “sin costo” por su cara bonita la última y más “chic” de las tarjetas? ¿El crédito preaprobado? Para comprar hoy ya no es el patrón el prestamista, son los bancos, las hipotecarias y las financieras que existen de todo tipo las que están atrás del ¡Compre en enero y pague en diciembre! ¡36 meses sin intereses! ¡Incluye placas y tenencia! ¡Abonos chi-qui-ti-ti-tos! ¡Lléveselo ahora y pague después! Es día de las Madres, del Padre, del Amor y la Amistad, de la Familia, de la Secretaria, de las Lupitas… no sea mal hijo, mal padre, mal jefe, mal novio, ¡Compre! ¡Compre! ¡Compre! Y pague en un después que se convierte en años de cubrir solo el “pago mínimo.” El interés, que es al cabo lo que interesa a los bancos para continuar prestando “ad infinitum…”

En cierta ocasión fui víctima de un hacker que robó no solo el dinero de mi cuenta de cheques, si no también el crédito de mis tarjetas que fueron canceladas y no están ustedes para saberlo, ni yo para contarlo pero el suplicio duró ¡6 meses!. Me sentí entonces como el vaquero en el oeste al que le hubieran robado sus pistolas… No podía comprar nada que no fuera en efectivo…

El efecto combinado de los incentivos perversos para el ego-consumo y el muy fácil acceso al crédito es una deuda impagable de la que muchos solo pueden cubrir el pago mínimo que obliga a los trabajadores a vivir atados al empleo que sea y al costo que sea -corrupción incluida- en un sistema cuyo secreto ha sido mantener el nivel de sueldos apenitas lo suficiente para cubrir el servicio de la deuda... ¡del capital ni hablamos!

¿No se parece mucho a las antiguas tiendas de raya?

Lo que ocurrió en la reciente debacle financiera fue que nunca faltan los avariciosos que se pasan de listos y con exceso concedieron más crédito –vía los préstamos hipotecarios- que los ego-consumidores no menos avariciosos aceptaron. Créditos que pudieron pagar solo en un principio, al final ni los intereses. Y de esa manera se rompió el precario equilibrio del sistema y el resto de la historia la estamos viviendo: la crisis.

Recuerdo que cuando niño le pedía a mi madre que me concediera algún deseo, la respuesta invariable era… “Ya veremos, vamos a hacer un ahorrito…” Hoy las manos tiemblan, el corazón se acelera por la adrenalina… y tristemente termina en muchos casos con la fatal pregunta ¿Con cuál tarjeta mi Amor?

Con mis mejores deseos…

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com