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domingo, 14 de octubre de 2012

Miedo a la Felicidad


“Luz de luna, piano… calman el alma cuando, en el momento de la íntima soledad, el rostro muestra la intención de la eternidad.” 

Enrique Chávez Maranto

-¿Eres feliz? Brotó inoportuna la pregunta en tanto, para tantos, es cosa tan distinta…

-Si y no. Respondí pronto, cual buen torero, esquivando la cogida del toro de mi propia conciencia. ¿Soy feliz? pregunté para mis adentros esperando que el rostro no mostrara duda o falsa seguridad.

Si, soy feliz –le dije- cuando disfruto de buena compañía y buen vino bajo el manto de las estrellas en una noche de verano con una brisa firme que me susurra estas palabras… Soy feliz cuando por las mañanas salgo al jardín y escucho la naturaleza susurrando en el canto de los pajarillos, palabras más palabras menos, ¡todo esto es vida!

Soy feliz cuando después de un eventual “mal” día en el trabajo, al ir camino a casa, me envuelve el ronroneo de mi auto que susurra quedamente al oído, ¿Ya viste el mar? ¿Y el cerro de San Martín? ¿Ya viste las maravillas que nunca ves pero que siempre han estado ahí para tí?

Soy feliz cuando la sonrisa de mis seres queridos o la ternura de su mirada susurran el amor. Soy feliz cuando, mis manos quietas hace un momento, ahora veloces sobre el teclado expresan lo que mi alma siente.

-¿Y cuándo no eres feliz? Pide concluir mi amigo…

-Cuando, querido amigo, he de olvidar lo feliz que estoy por contestar tu pregunta...

Cinco años después de muchas experiencias, la reflexión anterior continúa vigente salvo la última respuesta que en realidad no aporta nada. Pero antes de contestar cuando no soy feliz intentaré explicar las causas de la infelicidad haciendo uso de ideas dispersas en otras reflexiones. Una de ellas es la metáfora del Ser y el diamante…

Un diamante en bruto necesita de todo un proceso de transformación para convertir la piedra opaca en la gema maravillosa que conocemos. Pero si su superficie no se mantiene limpia, el brillo desaparecerá oculto tras el polvo y la suciedad. Lo mismo ocurre con el hombre. Él necesita de un proceso que descubra, poco a poco, las maravillosas facetas de su verdadero ser... Que al igual que las del diamante, también han de mantenerse limpias para no ocultar su brillo tras una pátina que con el tiempo le impedirá percibir su propia luz y recibir la de quienes le rodean sumiéndolo en la oscuridad y el miedo.

Miedo al castigo por no observar el librito del deber ser; miedo a perder los apegos de lo que fue, de lo que es, de lo que nunca será; miedo a la felicidad por no poder sufragar el costo de luchar por sus anhelos; miedo a la inseguridad; miedo a la incertidumbre; miedo a salir de la zona de confort en que se vive. Miedos propios, de terceros, miedos adoptados e infundidos derivados de la sofisticación de un mundo que cada vez comprendemos menos.

Y finalmente contestando a la pregunta, he de decir que soy infeliz cuando permito que el miedo me invada. Cuando olvido que el respeto, la sencillez y el desapego son los ingredientes principales de la receta de la felicidad.

El respeto, que no juzga, que acepta y venera a todas las manifestaciones de la naturaleza como el milagro que son; el respeto que acepta los opuestos como fundamento de la creación. La sencillez, que hace a un lado la sofisticación y la complejidad, para enfocarse con humildad y voluntad, un día a la vez, a propiciar el bien común entre aquellos que le rodean.

El desapego, que entiende que los hechos, hechos son y no los podemos cambiar. Que tan solo podemos asumir las consecuencias con la actitud que permita asimilar la experiencia; el desapego que si bien prudente, no vive preocupado por el futuro; el despego que le permite disfrutar los bienes que la vida le ha brindado pero que igual disfruta cuando no los tiene más.     

Sin embargo el miedo con lo villano que pareciera ser, tiene el buen propósito de llamar la atención para adoptar con tiempo las medidas de defensa necesarias y disminuir los riesgos ante la presencia de una amenaza.

Pero si no hacemos caso, entonces ese miedo y otros miedos no resueltos, uno tras otro, con el devenir del tiempo endurecerán la pátina que oculta la verdadera y maravillosa naturaleza del Ser conduciéndolo por la ruta de la desesperanza y la infelicidad.

Justo eso es lo que hace la diferencia entre los hombres y mujeres que son felices, de aquellos que viven en la oscuridad. En tanto los primeros deciden enfrentar sus miedos con respeto, sencillez y desapego; los segundos sucumben ante él. Estos conceptos que pudiera pensarse solo aplican a los individuos, pueden extrapolarse a otros ámbitos incluyendo a todo tipo de organizaciones, países incluidos.

Al final del día serán sus decisiones las que le coloquen en el camino de la felicidad. Suelo decir que el cielo y el infierno no están en algún otro lado que no sea aquí y ahora. También, que vivirlos es nuestra absoluta responsabilidad. Uno elije.

Reciban un afectuoso abrazo,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
twitter.com/enriquechm

domingo, 6 de diciembre de 2009

El Diamante Feo

Aún era de noche cuando partieron con rumbo a la finca de aquel anciano sabio. La inquietud reinaba entre el grupo pues era bien sabido que él difícilmente se alejaba de la pequeña pero hermosa choza, construida en lo alto de un fiordo que en esa época del año lucía espectacular.

No tardaron mucho en vislumbrar su figura de cara al crepúsculo, apoyado en su cayado, vestido con una fina túnica de un blanco impecable que el viento agitaba suavemente, esperando el amanecer que se intuía espléndido. Un cuadro perfecto que solo la armonía de la naturaleza podía lograr…

Y en ese marco, le hicieron la invitación para presidir, esa noche, el inicio de las fiestas del pueblo. Tal vez fueron la belleza del momento, o las caras de aprehensión de los solicitantes, los motivos para que el anciano sin mediar más nada, simplemente respondiera: Ahí estaré.

Cuando los visitantes se retiraron, el viejo sabio cambió su túnica por una raída ropa de trabajo para dedicarse, como acostumbraba, al arduo trabajo de mantener su finca que solo interrumpió al anochecer cuando, fiel a su compromiso, encaminó sus pasos al pueblo donde se presentó puntual, pero sudoroso, con la vestimenta que en verdad le hacia lucir como un pordiosero... Y así fue tratado: ¡Vamos! ¡Aléjate! Le gritaron lanzando piedras que con fortuna alcanzó a librar. Entonces, él, sin decir palabra, regresó a su choza donde se aseó, acicaló sus cabellos, vistió su impecable túnica, tomó su cayado y volvió para hacer acto de presencia en la fiesta. El recibimiento fue notoriamente distinto. De inmediato le encaminaron en medio de halagos y lisonjas a la mesa de honor donde estaban ya los deliciosos platillos de la cena. Solo que para sorpresa de los ahí presentes… el anciano sabio tomó el extremo de su túnica y cariñosamente la conminó a comer lo que a ella, la túnica, estaba destinado…

Conocí en alguna ocasión a un compañero inteligente, capaz, a quien todos acudían en la búsqueda de soluciones para resolver los problemas más difíciles. Él a todos ayudaba y todos eran recompensados… menos él.

Nunca alguien supo reconocer sus aportaciones porque mi amigo solo “era competente”, faltaba, que a los ojos de la gente, "pareciera serlo”. Al igual que el anciano no fue reconocido como sabio cuando lucia como pordiosero. Que solo lo fue cuando cambió de vestimenta. Él, al ofrecer las viandas a su túnica, ilustró la ignorancia de la gente que solo reconoce o descarta a la gente por las apariencias.

Como el inexperto minero que descarta a un diamante en bruto, a un “diamante feo”, simplemente por que no brilla y si, en cambio, pondera la pirita. O como quienes agravian y no reconocen lo que, deseando, ellos no pueden llegar a ser, porque prefieren vivir en el “sistema” con el peso de la conciencia antes que sin dinero, ligeros, dormir a pierna suelta.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com

domingo, 29 de noviembre de 2009

Diamante

El diamante siempre luce distinto a los ojos de quienes le admiran sin dejar de ser lo que es… diamante. La gema maravillosa que surge de la piedra opaca de la mina por los golpes precisos y el incesante pulir del tallador. Diamante que sigue siendo aun cuando la luz falte o el polvo y la suciedad enmascaren su brillo. Diamante siempre el mismo… pero siempre distinto a los ojos de los demás.

De igual manera es el Ser. Él requiere del tallador de la experiencia para transformarse y revelar las facetas de su grandeza. Ser siempre el mismo. Ser siempre distinto a los ojos de los demás. Ser que en tanto gema, ha de mantenerse limpio para no perder el brillo bajo la pátina de la soberbia y el resentimiento. Ser que ha de mantenerse limpio para poder ver su propia luz. Sin embargo, a diferencia del diamante que solo es lo que el tallador decide; el Ser no tiene límites y será siempre lo que él elija, aunque lo desconozca.

Eso escribí a principios del año 2007 y lo recordé hace poco cuando un amigo mío me comentó que como resultado de su participación en un proyecto donde le hicieron un estudio de sus fortalezas y debilidades gerenciales -basado en los conceptos de John H. Zenger y Joseph Folkman autores del libro “El líder extraordinario”- pudo confirmar que cada uno de los distintos grupos en los que se desenvuelve le perciben de manera distinta y que en consecuencia, cada cuál tiene expectativas distintas respecto de él. Mi amigo es quien es, pero como el diamante, es distinto dependiendo los “ojos” de quien lo mira.

La primera intención –y ese es el enfoque de los modelos tradicionales del desarrollo humano- sería buscar resolver las debilidades y procurar darle gusto a todos. Pero… ¿Es una actitud sensata? Difícilmente puede serlo. Es imposible negar tu naturaleza. Podrás mantener limpia la superficie de tu diamante pero jamás limpiar lo suficiente la superficie de los diamantes que te rodean.

La responsabilidad del líder es mantener limpia la superficie de su cristal para con la menor distorsión posible recibir información y transmitir su mensaje para, apalancado en lo que conoce como sus fortalezas, construir la “realidad” deseada. Nunca pretender darle gusto a todos. Eso es imposible.

Para constituir a México como un verdadero líder en el concierto de las naciones, ha de construir su propio camino y fincar su desarrollo en sus muchas fortalezas que no hemos querido ver como tales. Orgullosos de lo nuestro, orgullosos de lo que realmente somos, orgullosos de nuestra diversidad… con la superficie de nuestro diamante limpia, para dejar ver su luz en los confines del mundo.

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto

lunes, 28 de enero de 2008

Brecha generacional...

Imagina por un momento un diamante; empañado por una costra de polvo acumulado a lo largo de los años… ¿Sigue siendo un diamante?... ¡Claro! ¡Sigue siendo un diamante! Brillará más, brillará menos, no brillara de plano, dependiendo del polvo y de la luz que reciba, pero no cambiará nunca… seguirá siendo un diamante.

De igual manera, nuestro verdadero ser persiste y se expresa de acuerdo a las circunstancias, y a la experiencia, en forma de actitudes que portamos como máscaras para proteger, conservar o conquistar un espacio vital.

Las nuevas generaciones perciben ese espacio vital como cada vez más escaso y hoy se enfrascan en la lucha competitiva que conciben como medio para trascender las barreras de la inequidad; las reales, de la pobreza y la marginación; y las ficticias, creadas por una sociedad global que transforma deseos en necesidades sin sentido.

Sociedad que por razón de la inmediatez de todo tipo de medios de comunicación; trastoca, confronta, transfunde y destruye los sistemas de valores tradicionales de culturas antes distantes y estables generando modelos mentales, conductas y valores resultado de un sincretismo difícil, por no decir imposible de comprender para muchos de nosotros padres de las últimas generaciones.

Un adulto joven que nació en una familia acomodada a principios de los 70 no concibe un mundo sin periódicos, televisión, ni teléfono. Nuestro “treintañero” amigo conoció las computadoras personales a los 11 años de edad, el celular a los 18, Internet a los 19… vive inmerso en la sociedad de la ¿información? de un mundo altamente competitivo con objetivos, visión y valores que como ya comenté, resultan difíciles, por no decir imposible de comprender para muchos con unos cuantos años más a cuestas.

La brecha generacional siempre ha existido y ha sido el motor del cambio de la sociedad; sin embargo a diferencia de antaño, hoy las posiciones se tornan irreconciliables pues la necesaria empatía para comprender las divergencias de los interlocutores trasciende, a diferencia de antes, la sola buena voluntad de las partes.

¿Cómo podría un adulto que nació en la provincia mexicana en los 50 comprender el enfoque de la generación de tan solo 15 años después? Nuestro casi “sesentón” de hoy si acaso cursó estudios universitarios, lo hizo apoyándose ¡En la regla de cálculo y el ábaco! Si, ¡Él ábaco! Nadie me lo platicó, en mi facultad algunos lo utilizaban por cierto que con mucha habilidad. La PC, la Internet y el contacto cotidiano e inmediato con las cosas y la gente del mundo fueron para él cosas de ciencia ficción hasta que cumplió mínimo los 40 años, a principios de los noventa, cuando inició el despliegue del Word Wide Web en México.

El ser humano persiste, sin embargo las máscaras, las actitudes, son muy pero muy diferentes. La experiencia, la visión, los valores, los propósitos, los ritmos, la actitud competitiva son cada vez más distantes. Y no es por falta de buena voluntad, solo es que nacimos en mundos diferentes.

Y para muestra un par de botones de los muchos que hay en la vida política nacional, Andrés Manuel López Obrador quien tiene 54 años nació en un pueblo de la provincia mexicana. Juan Camilo Mouriño Terrazo nació en el seno de una familia acomodada y tiene 36 años…

¡Dios nos agarre confesados, el reto es mayúsculo!

Con mis mejores deseos,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com