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domingo, 14 de noviembre de 2010

Cártel

Cártel” de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española significa “Organización ilícita vinculada al tráfico de drogas o de armas” no obstante hoy asociaré ese término a organizaciones criminales aún más peligrosas que las dedicadas al tráfico de drogas o armas, por el gravísimo daño que causan al país.

Me refiero a la delincuencia de cuello blanco organizada, que explota un fenómeno social que es mal endémico de México: la corrupción de cuyo origen he comentado en diversas ocasiones. Ahora explico el “modus operandi” y la estructura de los cárteles de la corrupción.

Aplicando el principio de Pareto a las utilidades de la corrupción, se puede afirmar que el 80% de los corruptos obtiene únicamente el 20% del botín y el restante 20%, organizados en cárteles, se llevan a sus bolsillos la mayor parte: el 80%. Dicho de otra manera, casi la totalidad del daño causado por la corrupción resulta de la actividad de los cárteles que operan en el segmento de los grandes negocios que reditúan ganancias multimillonarias… en dólares naturalmente.

Los “puestos” que no pueden faltar en la estructura de un cártel son él “jefe”, el “operador” y los “esclavos”. El jefe mantiene un perfil muy bajo y generalmente no trabaja para la empresa víctima. Él es quien detecta la oportunidad de “hacer negocio”, lo diseña, lo financia y lo promueve realizando el cabildeo de alto nivel para preparar el terreno y si es necesario negocia con otros cárteles.

El operador en cambio, trabaja en la empresa bajo ataque; ocupa un puesto de alto nivel jerárquico con funciones ambiguas que le permiten amplia flexibilidad para intervenir en todo tipo de asuntos. Inteligente, simpático y con facilidad de palabra, todos conocen su poder por la cercanía y relación con la más alta autoridad de la empresa. Su rol dentro del cártel es apoyar y asesorar al jefe en la detección de oportunidades; reclutar, posicionar, coordinar y controlar a los esclavos. ¡Ah! Y no menos importante quitar las piedritas del camino.

Los esclavos por su parte son responsables de procesos o actividades clave para el éxito del ilícito. Ingresan al cártel, los menos por avaricia, la mayoría bajo coerción por temor a perder el empleo, chantaje; o simplemente por ingenuidad, desconocimiento de las leyes o incapacidad para decir “no” al jefe. En síntesis son esclavos de la avaricia, el temor o la ignorancia que “copelan… o cuello”.

En cuanto al riesgo se refiere, el 99 por ciento es de los esclavos. Ellos son los que firman, autorizan y ordenan los actos irregulares; el operador siempre está cerca pero solo en situaciones extremas se compromete firmando algo. Él ordena y coordina por teléfono u otros medios. El Jefe por su parte no asume riesgos, normalmente no es funcionario público y las escasísimas huellas de su actuar difícilmente pueden ser comprobadas o utilizadas en juicio. Si acaso, lo que pierden es dinero.

Lo contrario ocurre con el reparto del botín. Los esclavos no obtienen nada salvo los avariciosos que ingresan al cártel voluntariamente. La mayor parte del botín se lo lleva el jefe quien reparte las “comisiones” casi siempre en especie a través de fideicomisos controladores de fondos de inversión e inmobiliarias que compran, venden o rentan yates, autos, casas, departamentos en Miami, Santa Fé, Polanco… que los ponen a disposición de los integrantes del Cártel quienes legalmente no poseen nada pero viven ¡A todo lujo!

Los socios del primer círculo parecieran que no tienen vínculos sin embargo siempre existen circunstancias comunes en su pasado. Son de la misma región o ciudad, caminaron juntos en los pasillos de la universidad, tuvieron los mismos jefes o maestros, laboraron como empleados de empresas con relaciones de negocios.

Los recientes casos de CFE, el IMSS y otros que conozco son un buen ejemplo de ello.

Con mis mejores deseos, para su información y efectos…

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
Twitter @enriquechm