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sábado, 18 de febrero de 2012

Hablemos de corrupción...


A las tres de la mañana refunfuñando contra el mundo, Don Julián  cansado de la vida, caminaba rumbo a su casa… En esas iba cuando percibió entre las sombras, un “algo” tirado sobre la acera que le hizo exclamar ¡Ah bueno! solo faltaría que pise excremento para rematar el día… pero no fue así, aquello era una gastada y abultada billetera… ¿Qué hacer? Él podía a su entera discreción, devolverla o quedársela. Si hacia lo último ¿Quién podría acusarlo oscurito como estaba? Mira que con el salario de hambre que recibía, bien que le caería un dinerito extra para comprarse un relojito como el del jefe…

El cuento anterior ilustra el modelo típico de la corrupción que nuestra autoridades combatirían con una ley que castigue el delito de quedarse con una billetera olvidada, poniendo más focos en la calle, creando una policía especializada, instalando chips GPS en todas las carteras y en todos los ciudadanos para vigilar sus movimientos… y me pregunto ¿Esa es la solución?

No, porque el modelo no corresponde a la nuestra realidad. En México, la corrupción concede la esperanza de llevar a cualquiera que sea útil para el sistema, al “éxito” social, político, económico, profesional que no podría obtener de otra manera. No es la oportunidad que se le presenta a una persona de ser corrupto. Es un fenómeno social que ha servido como la válvula del sistema, que alivia el resentimiento y el descontento social cuando los ciudadanos se preguntan ¿Porqué ellos sí y yo no?

Así es como los tres poderes de la unión se han plagado de corruptos que vinieron “desde abajo”. De verdaderos cárteles de delincuentes de cuello blanco que saquean el patrimonio nacional.

La consecuencia más nefasta sin embargo, no es esa. Es la respuesta “No se puede” que dan los trabajadores honrados ante cualquier iniciativa. Trabajadores que procuran hacer solo lo mínimo indispensable, o nada si es posible para no equivocarse y caer en manos de la santa inquisición al servicio de los intereses en turno, en la que se han convertido los entes fiscalizadores ávidos de peces chicos pues con los grandes ya está visto que no pueden o no quieren.

La triste realidad es que hoy y antes, bajo la loza de una normatividad diseñada bajo criterios equivocados, se asfixian la innovación, el criterio y el sentido común. Este es el peor daño que causa la corrupción.

La semana pasada la Auditoría Superior de la Federación presentó el “Informe del Resultado de la Fiscalización Superior de la Cuenta Pública 2010” con un gran impacto mediático por casos como la Estela de la Luz, que solo es uno entre otros de mayor quebranto.

¿Usted que cree qué va pasar? Las observaciones irán a dar a la Secretaría de la Función Pública donde a alguno que otro chivo expiatorio flaco lo harán barbacoa para darle gusto a la prole. Pero nada más. ¿Usted cree que el secretario de la SEFUPU hará algo para poner en evidencia a la administración de quien lo nombró en el cargo? Yo tampoco.

Y si piensa que sí, para muestra un par de botones: Las cuentas públicas del año 2002 y del año 2007 de las administraciones de Fox y Calderón respectivamente fueron rechazadas por el legislativo, censuradas y solo hasta hace unos pocos días se ordenó su publicación…

La corrupción es resultado de la Inequidad, de la carencia de oportunidades de desarrollo; del excesivo financiamiento a los partidos políticos; de la complejidad de nuestro marco regulatorio; de la promoción indiscriminada de estilos de vida distintos a la realidad nacional; de la garantía de impunidad, de la falta de voluntad política para combatirla y de un nulo reconocimiento a la competencia y el comportamiento ético del ciudadano.

Tenemos miles de millones de dólares en reservas, sí, pero de lo anterior muy poco.

Reciban un afectuoso abrazo,

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
twitter.com/enriquechm
www.ramari.blogspot.com

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cártel

Cártel” de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española significa “Organización ilícita vinculada al tráfico de drogas o de armas” no obstante hoy asociaré ese término a organizaciones criminales aún más peligrosas que las dedicadas al tráfico de drogas o armas, por el gravísimo daño que causan al país.

Me refiero a la delincuencia de cuello blanco organizada, que explota un fenómeno social que es mal endémico de México: la corrupción de cuyo origen he comentado en diversas ocasiones. Ahora explico el “modus operandi” y la estructura de los cárteles de la corrupción.

Aplicando el principio de Pareto a las utilidades de la corrupción, se puede afirmar que el 80% de los corruptos obtiene únicamente el 20% del botín y el restante 20%, organizados en cárteles, se llevan a sus bolsillos la mayor parte: el 80%. Dicho de otra manera, casi la totalidad del daño causado por la corrupción resulta de la actividad de los cárteles que operan en el segmento de los grandes negocios que reditúan ganancias multimillonarias… en dólares naturalmente.

Los “puestos” que no pueden faltar en la estructura de un cártel son él “jefe”, el “operador” y los “esclavos”. El jefe mantiene un perfil muy bajo y generalmente no trabaja para la empresa víctima. Él es quien detecta la oportunidad de “hacer negocio”, lo diseña, lo financia y lo promueve realizando el cabildeo de alto nivel para preparar el terreno y si es necesario negocia con otros cárteles.

El operador en cambio, trabaja en la empresa bajo ataque; ocupa un puesto de alto nivel jerárquico con funciones ambiguas que le permiten amplia flexibilidad para intervenir en todo tipo de asuntos. Inteligente, simpático y con facilidad de palabra, todos conocen su poder por la cercanía y relación con la más alta autoridad de la empresa. Su rol dentro del cártel es apoyar y asesorar al jefe en la detección de oportunidades; reclutar, posicionar, coordinar y controlar a los esclavos. ¡Ah! Y no menos importante quitar las piedritas del camino.

Los esclavos por su parte son responsables de procesos o actividades clave para el éxito del ilícito. Ingresan al cártel, los menos por avaricia, la mayoría bajo coerción por temor a perder el empleo, chantaje; o simplemente por ingenuidad, desconocimiento de las leyes o incapacidad para decir “no” al jefe. En síntesis son esclavos de la avaricia, el temor o la ignorancia que “copelan… o cuello”.

En cuanto al riesgo se refiere, el 99 por ciento es de los esclavos. Ellos son los que firman, autorizan y ordenan los actos irregulares; el operador siempre está cerca pero solo en situaciones extremas se compromete firmando algo. Él ordena y coordina por teléfono u otros medios. El Jefe por su parte no asume riesgos, normalmente no es funcionario público y las escasísimas huellas de su actuar difícilmente pueden ser comprobadas o utilizadas en juicio. Si acaso, lo que pierden es dinero.

Lo contrario ocurre con el reparto del botín. Los esclavos no obtienen nada salvo los avariciosos que ingresan al cártel voluntariamente. La mayor parte del botín se lo lleva el jefe quien reparte las “comisiones” casi siempre en especie a través de fideicomisos controladores de fondos de inversión e inmobiliarias que compran, venden o rentan yates, autos, casas, departamentos en Miami, Santa Fé, Polanco… que los ponen a disposición de los integrantes del Cártel quienes legalmente no poseen nada pero viven ¡A todo lujo!

Los socios del primer círculo parecieran que no tienen vínculos sin embargo siempre existen circunstancias comunes en su pasado. Son de la misma región o ciudad, caminaron juntos en los pasillos de la universidad, tuvieron los mismos jefes o maestros, laboraron como empleados de empresas con relaciones de negocios.

Los recientes casos de CFE, el IMSS y otros que conozco son un buen ejemplo de ello.

Con mis mejores deseos, para su información y efectos…

Enrique Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
Twitter @enriquechm