A las tres de la mañana refunfuñando
contra el mundo, Don Julián cansado de
la vida, caminaba rumbo a su casa… En esas iba cuando percibió entre las
sombras, un “algo” tirado sobre la acera que le hizo exclamar ¡Ah bueno! solo
faltaría que pise excremento para rematar el día… pero no fue así, aquello era
una gastada y abultada billetera… ¿Qué hacer? Él podía a su entera discreción,
devolverla o quedársela. Si hacia lo último ¿Quién podría acusarlo oscurito
como estaba? Mira que con el salario de hambre que recibía, bien que le caería
un dinerito extra para comprarse un relojito como el del jefe…
El cuento anterior ilustra el modelo
típico de la corrupción que nuestra autoridades combatirían con una ley que
castigue el delito de quedarse con una billetera olvidada, poniendo más focos
en la calle, creando una policía especializada, instalando chips GPS en todas
las carteras y en todos los ciudadanos para vigilar sus movimientos… y me
pregunto ¿Esa es la solución?
No, porque el modelo no corresponde a
la nuestra realidad. En México, la corrupción concede la esperanza de llevar a
cualquiera que sea útil para el sistema, al “éxito” social, político,
económico, profesional que no podría obtener de otra manera. No es la
oportunidad que se le presenta a una persona de ser corrupto. Es un fenómeno social que ha servido como la válvula del sistema, que alivia el resentimiento
y el descontento social cuando los ciudadanos se preguntan ¿Porqué ellos sí y
yo no?
Así es como los tres poderes de la
unión se han plagado de corruptos que vinieron “desde abajo”. De verdaderos cárteles de delincuentes de cuello blanco que saquean el patrimonio nacional.
La consecuencia más nefasta sin
embargo, no es esa. Es la respuesta “No se puede” que dan los trabajadores
honrados ante cualquier iniciativa. Trabajadores que procuran hacer solo lo
mínimo indispensable, o nada si es posible para no equivocarse y caer en manos
de la santa inquisición al servicio de los intereses en turno, en la que se han
convertido los entes fiscalizadores ávidos de peces chicos pues con los grandes
ya está visto que no pueden o no quieren.
La triste realidad es que hoy y antes,
bajo la loza de una normatividad diseñada bajo criterios equivocados, se
asfixian la innovación, el criterio y el sentido común. Este es el peor daño
que causa la corrupción.
La semana pasada la Auditoría Superior
de la Federación presentó el “Informe del Resultado de la Fiscalización Superior de la Cuenta Pública 2010” con un gran impacto mediático por casos como
la Estela de la Luz, que solo es uno entre otros de mayor quebranto.
¿Usted que cree qué va pasar? Las
observaciones irán a dar a la Secretaría de la Función Pública donde a alguno
que otro chivo expiatorio flaco lo harán barbacoa para darle gusto a la prole.
Pero nada más. ¿Usted cree que el secretario de la SEFUPU hará algo para poner
en evidencia a la administración de quien lo nombró en el cargo? Yo tampoco.
Y si piensa que sí, para muestra un
par de botones: Las cuentas públicas del año 2002 y del año 2007 de las
administraciones de Fox y Calderón respectivamente fueron rechazadas por el legislativo, censuradas y solo hasta hace unos pocos días se ordenó su
publicación…
La corrupción es resultado de la
Inequidad, de la carencia de oportunidades de desarrollo; del excesivo
financiamiento a los partidos políticos; de la complejidad de nuestro marco
regulatorio; de la promoción indiscriminada de estilos de vida distintos a la
realidad nacional; de la garantía de impunidad, de la falta de voluntad
política para combatirla y de un nulo reconocimiento a la competencia y el
comportamiento ético del ciudadano.
Tenemos miles de millones de dólares
en reservas, sí, pero de lo anterior muy poco.
Reciban un afectuoso abrazo,
Enrique
Chávez Maranto
enrique.chm@gmail.com
twitter.com/enriquechm
www.ramari.blogspot.com















